Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta novela. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de marzo de 2011

"ISABEL" (El Lobo Blanco 5)

El viento nocturno y frío que llegaba de la montaña acariciaba como un amante el rostro de una joven. hacia mucho que no experimentaba esa sensación de libertad, de renacimiento, de esperanza que por alguna razón la embargaba. Su libertad era en este momento forzada, cubierta por un oscuro manto de tristeza. A su alrededor se sentía una sensación de ahogo, de frío invernal o de sofocante calor.

Cubierta con un grueso abrigo recorría las calles encharcadas y solitarias de Oviedo. Presentía un peligro como un perro lo presiente antes de huir en silencio. Se dirigía a una antigua casa, cerca del cementerio, en cuyo interior había encontrado la paz que necesitaba. Con una llave hace girar la vieja cerradura. Al abrirse la pesada puerta de madera, aparece un corto pasillo oscuro; al final del que hay una puerta blindada.

Cierra la puerta tras de si.

Al pasar bajo la luz que ilumina la puerta siente miedo. Se estremece al recordar la desaparición de Nerea. Recuerda el comportamiento casi brutal de esta frente a Berto y Juan la noche antes, parecía poseída.

Recuerda como su forma de actuar cambió cuando los dos jóvenes se fueron, cuando sus voces y pasos se perdieron en la oscuridad silenciosa de las calles de Avilés.

Isabel fue a la cocina. Se acercó a la nevera. Se agachó a coger un sandwich que calentó en un microondas.

¿Qué habría sido de ellos? Nadie le dijo nada, tras salir del hospital. ya tenía bastante con lo suyo. Había estado inconsciente un día completo y la desesperación por el placer perdido había hecho mella en su mente, la había inundado. Fue su resistencia y tesón lo que la salvó entonces.

No sabía la razón pero en todo el día no había podido sacarse de la cabeza la desaparición de Nerea. Se sentía intrigada, pero ¿quién la ayudaría? Quizá ese borroso recuerdo de aquel hombre desnudando a Nerea había sido verdad y no un juego de su mente como le habían hecho creer. Si era real, todo era mucho más grave de lo que parecía.

Tenía una extraña intuición. Había algo sobrenatural en aquel caso.

Durante la noche le fue difícil conciliar el sueño, las sensaciones del día en que desapareció Nerea volvieron en parte a ella. Sentía otra vez aquella excitación. Al despertar a la mañana siguiente, despertó con la sensación de haber repetido lo que hizo aquel día.

La mañana era clara. El cielo azul cubría todo y el sol calentaba los corazones aquella primavera.

Dicen que hay cosas que "nec pueri credunt", que creer en ellas es una ofensa, una muestra de una mente débil. Ella sentía necesidad de investigar a fin de que todo el mundo sepa que parte de lo que ella recordaba era real, y que era falso.

A Isabel no le habían dado la posibilidad de defenderse cuando despertó y contó lo que recordaba no la creyeron. Simplemente la enviaron a una cura de reposo. Pero dijo Festo tiempos atrás: "No es costumbre de los romanos condenar a un hombre antes de que el acusado tenga a sus acusadores delante, y de que se le haya dado la libertad de defenderse", ahora Isabel iba a buscar pruebas para defenderse de lo que entonces la acusaron.

Después de un duro trabajo consiguió que un abogado de Madrid le sacase una copia de la investigación por la desaparición de Nerea. Fue entonces cuando se enteró que Juan, su novio, y Roberto habían desaparecido también en fechas siguientes a la desaparición de Nerea hablando de "algo" que los perseguía. Sólo el hermano de Juan permaneció en Avilés un año y luego se fue. Decidió que buscaría a Sergio para que la ayudase en su cruzada. Eso si lograba encontrarlo, pero para eso estaba Internet y las redes sociales.

Salió de casa, cerró como siempre puertas y ventanas. Bajo su brazo una carpeta y dos libretas. Eran las nueve y media de la mañana, y se dirigió hacia la Biblioteca Pública Estatal de Oviedo, también llamada Biblioteca de Asturias "Ramón Pérez de Ayala". Allí había ordenadores y podría hacer su investigación.

Cuando llegó a la biblioteca reinaba el silencio, casi le pareció una sorpresa ver al encargado de la biblioteca sentado detrás del mostrador.

Isabel suspiró y le hizo una seña par solicitar el uso de uno de los ordenadores. Aún estaba esperando cuando oyó unos pasos cerca. Se giró y entonces lo vio.

Vestido con una pulcra y estudiada sencillez reconoció a uno de esos seres que sólo aparecen en los libros. Por su aspecto, cara hermosa y delicada, y sus ojos brillantes, sólo podía ser una de dos cosas, o un vampiro o un licántropo; y sino lo era sabía parecerlo.

Él la miró de forma desconcertada pero intensa. Durante un instante pensó en lanzarse sobre ella. Pero algo en aquellos ojos lo detuvo, reconoció en Isabel algunas de sus propias características. Saludó, cogió un libro y se sentó en una mesa.

Isabel, temblorosa, consiguió el ordenador. Ahora más que nunca el recuerdo de Nerea brilló en su mente tanto como todo este tiempo en el que se había alejado del resto de la gente. La razón era que cada vez que se miraba a un espejo veía sus propios ojos oscuros y terribles.

Envió un correo electrónico a Juan, aunque sabía que no tendría respuesta, lo hizo tras buscar en la lista de contactos a Sergio. Creía recordar una conversación de los dos hermanos y tenía la esperanza de que Sergio viese su mensaje.

Luego fue y cogió varios libros de vampiros. Sacó una libreta de su mochila, se sentó en una mesa frente al joven que vio antes y comenzó a escribir. Era lo mínimo que podía hacer mientras esperaba respuestas.

Al cabo de un rato, cuando más concentrada estaba en el relato que escribía, el joven aquel se acercó a ella, curioso por ver que escribía en medio de tantos libros de vampiros. Leyó por encima de su hombro lo que ella escribía; luego se apartó hasta una estantería. El texto que ella escribía era muy bueno, muy realista, y no como otros que tenía ante ella.

Siguiendo un impulso se sentó en la misma mesa, frente a ella.

- ¡Hola!- dijo en un susurro, para no molestar a la otra gente que había en la Biblioteca- Siento lo de antes si te asuste... Parece que te gustan los vampiros, ¿no?
- Si, a lo mejor llego a cazar alguno- dijo Isabel en un tono gracioso, pero también en un susurro.
- Hay muchas formas de cazarlos, y tú lo haces sin matarlos. Escribes sobre ellos, ¿no?
- Así es. Estoy escribiendo un relato para n concurso.
- ¿Puedo leerlo? Soy buen crítico.

Isabel le enseñó la libreta, y él pudo completar su lectura inicial del texto.

- Eres buena escribiendo. ¿Sabes como será tu vampiro?
- Si, posiblemente se parezca a ti, como premio por el susto de antes.

Él percibió que su halago no había dado el resultado esperado. Al contrario, fue él el que se sintió halagado al ver que se atrevía a incluirlo en un relato, nutría su vanidad; y él, al contrario que los de Anne Rice, era muy real. Por eso decidió que ella merecía vivir, más aún buscaría su amistad.

- Bueno, te dejo seguir. Espero no ser un mal vampiro y no decepcionarte - Le dijo a Isabel a modo de despedida-. Ya me enseñaras lo que vayas escribiendo, suelo estar por aquí todos los días.
- Ya veremos...

Cuando la biblioteca cerró, Isabel salió como siempre, ocultándose en las sombras. Siendo una sombra más acechando a su alrededor mientras iba a casa.

De golpe, en una esquina, chocó con alguien. Era aquel joven. Le habían dado una paliza y se incorporaba cuando tropezaron. Isabel lo ayudó y lo llevo a su casa. Fuera o no un vampiro para ella era alguien que necesitaba su ayuda. Él agradeció su ayuda. Ahora sabía que ella también se ocultaba en la oscuridad como hacía él.

"AL OTRO LADO DE LA OSCURIDAD" (El Lobo Blanco 4)

Un día más, Nerea empezaba a despertarse, durante la noche no había dejado de dar cabezadas sobre las páginas que tenía ante ella: un guión de teatro y el inicio de un capítulo de la novela que estaba escribiendo. Sus ojos vagaban a su alrededor preparándose para le nuevo día. Vio entonces subrayada una fraseen en el guión. la leyó, se centró y la meditó.

Se congratuló de sentir todavía el calor de su cuerpo, un calor que no hacía mucho había descubierto. Ahora volvía a ser libre, ya no era una sombra que se movía sin conciencia, sin voluntad, al servicio de aquel ser oscuro que todavía la perseguía.

Nerea a duras penas fue hasta el cuarto de baño. Las palabras de aquella frase del guión las había visto antes. Las había leído tiempo atrás en un correo electrónico. Sabía que el cansancio que la envolvía no era normal. Sentía que estaba condenada a algo y que no todo el dinero del mundo la podía salvar de la destrucción o de la conversión.

Miró al espejo. Allí estaba reflejada y viva.

Entonces vio algo en su cuello. Parecía un mordisco o un chupón, y sintió como si fuese a perder la vida, ¿qué había sucedido? ¿Cómo había llegado a esta situación?

Ella no era capaz de recordarlo.

Decidió dejar la mente en blanco. Vio un rostro y recordó un nombre, Isabel.

Nada más podía recordar de su pasado.

No recordaba que una mañana estaba con Isabel en el piso de la calle Llano Ponte en el que vivía. Era la primera vez que la madre de Nerea las dejaba solas. Conociéndola Nerea sabía que era posible que pasasen el día entero solas. Al menos, tenían dinero para unas pizzas.

Estaban solas y sentían que debían hacer algo. Trataron de estudiar, de leer, pero era pronto y se aburrieron.

Todos sabemos lo que hacemos si estamos solos y aburridos, nos ponemos "investigar" a recorrer la casa o el piso y mirar en los más oscuros rincones. Nerea casi había olvidado el terror que había vivido en aquel piso. Ahora sólo la acosaban los sueños.

Buscando así encontraron tres cosas: dos cintas de vídeo, y una extraña caja con extraños objetos guardados que no sabían para que servían.

Desayunaron mirando una de las películas, era una película romántica de Richard Gere. Nunca habían tomado alcohol. Así que fueron a un estantería y cogieron una botella que podía ser tequila o ron, pues ni siquiera Isabel pudo discernir de qué era. Se sirvieron un vaso cada una, pero al llevárselo a la boca vieron que tenía una sabor muy fuerte, que a Isabel casi la hace llorar. Así que mezclaron Coca Cola, de esa forma sabía mejor.

Nerea puso la segunda cinta de vídeo mientras Isabel se conectaba a Internet. Un escalofrío sacudió sus cuerpos. Solas en casa podían hacer lo que quisiesen. Mientras la cinta se ajustaba entraron en el correo electrónico. Allí Nerea tenía un mensaje. Allí aparecieron las palabras del guión de la obra que en la actualidad tenía en sus manos. Por él mensaje quedaron las dos atrapadas en un hechizo malvado.

Entraron en el messenger y habían conectado la webcam cuando escucharon un jadeo. Miraron la pantalla y se quedaron paralizadas al ver a una mujer haciendo cosas desconocidas para ellas. Eran los trailers de inicio de la cita y volvieron centrarse en el ordenador.

Se sentían extrañas.

Salín todavía los jadeos del televisor pero no había comenzado la película. Sus respiraciones se estaban agitando. Sentían l boca seca. Un joven les había pedido permiso para verlas por la cam, y les comentaba cosas que las hacía sentir atraídas por lo que saldría en la película.

Veían como una chica que parecía de su edad se acariciaba y tocaba con un objeto alargado.

Se olvidaron de la webcam, se centraron en la película. En la caja que Isabel había encontrado había unos objetos como el que tenía la chica de la película.

Los tomaron en sus manos.

- Son suaves- dijo Isabel.
- Sí, ¿cómo se sentirán hay abajo? -añadió Nerea.
- Parece que bien, sino mira a la chica de la película.

Se dejaron llevar entonces. Sin oponer ninguna fuerza. No sabían lo que hacían. Mientras aquel que había perseguido a Nerea las miraba a través de la cámara web y sonreía. La energía que las jóvenes desprendían lo embargaba.

Formas rojizas comenzaron a cobrar forma y cuerpo, a salir de las esquinas más oscuras. Todo se desconectó salvo el ordenador. Los rojizos seres las rodearon. Hicieron subir el calor de sus cuerpos y mentes. Luego hicieron que se debilitasen por el placer , perdiesen la consciencia, y quedasen inertes en el sofá. Aún se sentía en el ambiente el olor de la excitación, y un intenso calor.

Un ser oscuro y maligno se materializó desde el ordenador. Le quitó la ropa totalmente a Nerea, y pensaba hacer lo mismo con Isabel. Colocó la ropa de Nerea sobre el sofá en la posición que tendría si lo hubiese tenido puesta. Seguidamente cogió a la inconsciente joven en sus brazos y se desvaneció antes de poder oír abrirse la puerta del piso.

Tampoco escuchó el grito de la madre de Nerea al encontrar a Isabel medio desnuda sobre el sofá y a su lado las ropas de Nerea colocadas como si su cuerpo se hubiese evaporado. Eso salvó a Isabel que terminó en el hospital.

Mientras el oscuro ser llegó con Nerea a un lugar muy especial. En aquel lugar reunía la asamblea fatal, la asamblea de sus víctimas, un lugar que haría palidecer a cualquier policía y dejaría impresionado a cualquier asesino en serie. Allí había una serie de sillones y en cada uno aparecía sentada lo que parecía ser la estatua de una joven mujer. Todas habían sido verdaderas mujeres. Ahora la mayoría de ellas ya no eran más que hermosas carcasas de oro en cuyo interior estaban los huesos de aquellas que habían caído en las manos de ese ser. Si alguien hubiese entrado y lo hubiese visto, vería a los pies de cada sillón una inscripción con el nombre de quién había ocupado el asiento y de quién ahora lo ocupaba, con la fecha de nacimiento de cada una de ellas.

Dos sillones aparecían vacíos en uno debería estar Isabel, pero ésta se había salvado de llegar allí. En el otro aparecía ya el nombre de Nerea. A él la ató con hechizos para que no se pudiese levantar de él. Como al resto le colocó una piedra de amatista en la frente y la hizo mirar hacia una esfera piedra también de amatista que estaba en el centro de aquel lugar.

Era a través de esa bola como terminaba definitivamente con sus vidas y las hacia desaparecer atrapando en ella sus espíritus.

Fue el ser oscuro a por oro liquido y comenzó a cubrir con él a Nerea dejándole espacio para respirar, alimentarse, ver, oír y el resto de funciones vitales.

Nerea recobró la consciencia a tiempo antes de que el oro se secase sobre su piel. Ahí, en ese instante era donde ella comenzaba a recordar.

Recordaba como le faltaba el aire.

Recordaba lo que la parecieron estatuas de otras mujeres hasta que se miró las manos y comprendió la verdad.

Recordaba como antes de que aquel ser volviese consiguió levantarse de la silla. Y, en ello fue la primera en conseguirlo.

En su mente aún se veía huyendo por una cueva, cada vez más cansada. Recordaba ver la selva del exterior y lanzarse a las aguas de un río para sacarse e oro que cubría su piel.

No estaba en España. La flora y la fauna le decían que estaba en América.

Recordó que no fue hasta que la encontraron perdida en la selva no supo en que país estaba.

miércoles, 2 de marzo de 2011

"EL CORSARIO DEL OLVIDO" (El Lobo Blanco CAP.3)

Juan tenía la sensación de que debería estar en otro lugar. Vivía en Santiago de Compostela, pero no era capaz e recordar ni quién era ni como había llegado allí. Había pasado varios meses en el Hospital de Conxo hasta que fue capaz de volver a hablar. Lo habían encontrado en el interior de la Catedral, inconsciente frente al altar mayor. Nadie consiguió saber como llego allí, y Juan tampoco lo recordaba. De su pasado Juan sólo era capaz de recordar un profundo terror y oscuridad, pero nada más.

Se hizo escritor, y sus textos podían ser demasiado realistas, y algunas veces con un realismo tan llenos de magia que se quedaban marcados en la mente de quién los leía.

Tenía extraños sueños, algunas veces oscuros, y él los convertía en grandes relatos e historias que como un nuevo Lovecraft ofrecía a todo el que deseaba leer algo nuevo..

De hecho, el nombre de Juan de Compostela se hizo conocido en los grupos más selectos y extraños. Sus relatos eran increíbles y su trabajo en la Editorial Follas Novas había revitalizado a esta.

Por otro lado, el obispo de Santiago lo había propuesto para pertenecer a la Orden de Santiago. Aún así todos los que lo conocían percibían en él un secreto oculto. Era cierto, pues lo tenía aunque no lo sabía.

Se sobresaltó al escuchar sonar el teléfono. Poca gente lo llamaba y él no sabía a quién llamar. Descolgó e iba a hablar cuando escuchó desde el otro lado unos gritos escalofriantes y agónicos.

Colgó rápidamente. ¿Qué significaba eso? Si era un broma, no era de buen gusto. Se sintió sorprendido al recordar de golpe una cara. La cara de una hermosa joven a la que no podía dar nombre. Sólo recordaba que ella también había gritado.

Una eterna oscuridad, una oscuridad fría como el acero de una espada, asolaba su mente cuando trataba de recordar. La mayor parte de lo que recordaba , de esos flashes, de esas imagenes, lo ponía por escrito. Inexplicablemente le recordaban los terroríficos relatos de H. P. Lovecraft y no se atrevía a mostrárselos a sus jefes para publicarlos. Sólo recordaba algo oscuro, misterioso y maligno a lo que él opuso una fuerte resistencia

Sin embargo, todas las noches al llegar la madrugada el teléfono sonaba. Lo denunció. Cambió de número. Nada sirvió para acabar con esas terroríficas llamadas. Comnezó a tener miedo en la noche.

En maldito teléfono le impedía dormir.

Tampoco se atrevía a salir de casa por la noche. había visto un hombre siguiéndole un atardecer. Desde ese día a las seis estaba encerrado en su casa.

No salía a partir de esa hora.

No hablaba con nadie a partir de esa hora.

A partir de esa hora trabajaba a través de Internet, desde casa.

Se sentía perseguido, acosado.

Casí no podía dormir, pero sí pudo acabar la primera parte de su libro con recuerdos fragmentados. Estaba compuesto de textos tan terrorifícos que hasta a los editores les daba miedo la posibilidad de publicarlos.

"Demasiado reales", decían unos y otros.

Pero Juan seguía viviendo su nocturno tormento.

" PRESENCIA EN LA OSCURIDAD" ( El Lobo Blanco CAP. 2)

Vagamente recordaba su nombre del pasado, Berto o Roberto. Vio castillos de antiguos reyes que eran como él mismo ruinas. No obstante, aún en esas ruinas había vida. Necesitaba volver pero nada sabía de Juan o de Nerea, tampoco sabía nada de la novia de Juan y sólo recordaba fugaces destellos de Sergio.

Sergio había tratado de ayudarlos a través de su hermano. Pero la fatalidad impidió cualquier ayuda, cerrando el paso a quienes intentasen salvar sus almas atormentadas.

Sin embargo, algo lo llamaba otra vez desde Avilés.

Berto se encontraba de pie, mirando por la ventana de su piso en Madrid. Su último recuerdo fue para Nerea. La última vez que la vio no era ella misma, era un monstruo que gritaba obscenidades.

Sacudió la cabeza., tratando de olvidar esa última y siniestra visión de Nerea.

Desde que aquel ser los atacó había recorrido senderos que nadie recorrería ni siquiera de día. Había sobrevivido y se ocultaba en Madrid, en un piso cerca de la Puerta de Guadalajara aunque tenía otros en cada una de las doce puertas de la ciudad. Todos esos pisos eran parte de su herencia y serían la herencia que dejaría a sus descendientes.

Había sobrevivido. Eso era todo. Todavía no podía comprender como había sobrevivido, pero lo había hecho.

Se concentró en observar los matices grises tan particulares de las nubes. La noche sería oscura, fresca. Las calles de Madrid parecía que lo llamaban a partir, a volver a Avilés, peor había decidido no volver jamás allí. Desde aquel ataque sentía como una sombra lo buscaba en la tierra que había abandonado. Debía ser valiente, fuerte. Sin embargo, algunas noches gritaba de terror ante el miedo de sus sueños.

Había sobrevivido gracias a su bondad, peor ahora lo acompañaba un arma de doble filo: la desesperación.

La verdad cuando dormía sentía una extraña sensación. Sentía que volvía a estar en su piso de Avilés y dos hombres vigilaban la entrada de la calle. Dos hombres siniestros, altos como sombras de oscuridad ocultando su rostro. Parecían nacidos del odio, del miedo. Sí, eran los mismo que trataron de convertirlo en uno de ellos y fracasaron.

Era una fría y nauseabunda sensación que surgía muchas noches al acostarse. La sensación que llevaba aquel demonio que convirtió a Nerea en aquella obscenidad de locura. Ahora no podía verla pero todavía la sentía como una presencia detrás de él, una locura que todavía le hacia palidecer.

Se aguantó el miedo, a las siete tenía que ir a la iglesia de San Miguel.

Sólo ahora, después de todo lo sucedido, mientras miraba otra vez por la ventana el cielo gris, se daba cuenta de que esos pequeños detalles de fe eran lo que lo habían salvado de convertirse en un demonio o algo parecido. Iba a la iglesia y rezaba. Rezaba por sus familiares por su padre y su madre, por su hermana, y también por las almas de Juan y Nerea. Una o dos veces al día, intercalaba a las lecciones propias de sus conocimientos académicos, sutiles lecturas de libros arcanos y de ajedrez. Aprendía ejercicios del espíritu y la mente que sospechaba necesarios para vencer a ese ser de pura maldad.

Berto aún era capaz de sentir esa presencia en la oscuridad. Buscándolo. Tratando de atarlo a las tinieblas. Sí, era en tardes como ésta cuando el sol despedía poco a poco el día, oculto tras un manto gris de nubes, cuando necesitaba recuperar fuerzas y mantener su libertad.

Su libertad era merecida. había luchado por ella, la batalla por su alma había concluido, o eso parecía. Ahora debía buscar y salvar a los otros que lo necesitaban.

Berto miraba la tarde inquieto. Entre vencer y decir que has vencido hay una gran diferencia, una diferencia que puede resultar aplastante y mortal.

La tarde pasó, llegó la noche. Se acostó tarde. Sintió como si la oscuridad de la habitación hacia encoger su corazón. La parecía que le podía dar un infarto en cualquier momento.

Con ese miedo se quedó dormido. En la oscura presencia de la noche que lo vigilaba.

viernes, 25 de febrero de 2011

"HIJOS DEL VIENTO" (Lobo Blanco CAP.1)

Era la hora de comer. En la Estación de Autobuses de Avilés se vivía el bullicio de decenas de personas, viajeros que llegaban allí desde diversos lugares de España; y, sobre todo de Asturias.

Era un día lluvioso, los clientes del restaurante y del bar se reunían en torno a las mesas mientras esperaban la hora de partida de sus respectivos autobuses. Sergio apareció con la comida para cada mesa en un carro, en este también llevaba pan. Rápidamente realizó su trabajo, y sólo un hombre se fijó en él, en su fuerza, su desenvoltura, su presencia.
Llevaba meses trabajando allí, y hasta ese momento Sergio había pasado desapercibido para todos. De hecho, la mayor parte de la gente lo veía como un elemento más de la estación. Había vuelto hacía un año y medio, casi dos. Pero el lugar elegido por sus antepasados era San Juan de Nieva. No era un lugar hermoso donde levantaron su casa, pero sí un lugar oculto a los curiosos, dura y cruel. Solamente las vistas del mar dotaban al lugar de una hermosura que sólo los antepasados de Sergio habían descrito alguna vez cuando lejos de su hogar se habían encontrado.

Sergio pensó que pronto iría allí. Mientras, a su espalda, se alzaba el bulli
cio de la gente comiendo. Pronto se irían en los autobuses y reinaría la calma. Se encogió de hombros y se dio unos momentos para mirar por una ventana. Era un día nublado, gr

is y lluvioso, con una luz mortecina que adormecía a los que salían al exterior. Volvió al trabajo esbozando una sonrisa, preparado y dispuesto para hacer su trabajo de forma abnegada.

Durante las dos primeras semanas, el trabajo le había parecido duro. De hec

ho, había estado a punto de dejarlo, y únicamente la necesidad le hizo mantenerse en su puesto.

Pronto todos lo vieron como un elemento más del lugar. Su actitud no era fruto de la casualidad sino del conocimiento que había observado en la gente que por allí pasaba. Tal vez, también un recuerdo inconsciente le hacía comportarse así, a fin de poder hacer lo que él deseaba.

No logró, a pesar de todo, ocultarse a la escrutadora mirada de aquel hombre, y esa certeza le hacía sentir una gran preocupación.

Terminó su trabajo, mientras recordó a Nerea. Fue un recuerdo fugaz que lo incomodó.

Sin llamar la atención, Sergio salió silencioso de la estación y fue a su piso. Como
sus compañeros llevaba una bolsa con parte de la comida sobrante. Apretó el paso hasta llegas a la puerta del edificio en el que vivía en la calle Llano Ponte. Sacó las llaves, abrió la puerta y entró rápidamente cerrando la puerta. Las escaleras estaban silenciosas. Si no fuera por el ruido de la calle, lo mas probable es que se hubiese sentido como en casa.

Subió en el ascensor hasta el sexto piso. Luego entró en el piso, cerró la puerta y dejó las bolsas en la cocina.

Sergio miró hacia la ventana de su estudio, volvió a recordar con tristeza a Nerea. Sergio se pasó una mano por la frente, y sintió un hondo pesar.

La tarde fue pasando, un bosque de antenas aparecía ante su mirada. Miró

a las gentes que paseaban por la calle, y vio con gozo la señal que le permitía hablar con libertad de lo que había sucedido allí unos años atrás: una desaparición y el temor de una muerte. Mientras miraba a través de la ventana su mente viajó al pasado, unos diez años atrás, cuando él tenía unos 23 años, más o menos.

Volvió a ver al grupo de jóvenes de aquel colegio alrededor de Nerea, una joven que vivía en uno de los pisos del edificio de enfrente. Los veía inquietos, y las palabras que le decían a Nerea no eran buenas. Ultrajaban a la joven en cuerpo y en alma, profanaron y corrompieron su espíritu; pues cuando pidió ayuda nadie la creyó. Salvó él, su hermano Juan y Berto.

Ahora los dos habían desparecido, nadie sabía exactamente dónde vivían. Sólo quedaba él para contar lo sucedido mientras veía día a día a aquellos que habían arrebatado la vida a Nerea. Él pensó que la habían asesinado. A lo mejor hubiese sido lo mejor. Sin embargo, la encontró por Internet, viva y lejos, muy lejos de Avilés.


Eran las siete cuando Sergio se sentó en su cómodo asiento frente a la mesa de castaño, cada vez más a oscuras y manteniéndose en silencio.

Se levantó de la mesa y fue a cerrar la puerta de aquella habitación en la que ahora se encontraba. Se le revolvió el estomago con aquellos recuerdos; y, por primera vez llamó a su jefe avisando de que estaba enfermo y no podría acudir al día siguiente al trabajo.

Le resultaba extraño lo que sentía. No recordaba nunca haber sentido algo así.
Seguramente era que no estaba tranquilo; por primera vez se preguntaba si debía haber vuelto a Avilés. Desde que descubrió a aquel hombre observándole en la estación mientras trabajaba en el restaurante los recuerdos habían empezado a atormentarle.

Berto era amigo de su hermano, Juan. Fue su hermano el que le habló de Nerea, Sergio pensó que la chica le gustaba a su hermano.

La joven tenía un serio problema.

Su hermano le contó que sus enemigos habían decidido destruir su mente y su espíritu.


Comenzaron encerrándola en pleno día en un viejo caserón abandonado de Avilés. En él habían hecho una terrible invocación, y querían entregar a Nerea a ese ser invocado. la puerta se abrió cuando entró, y seguidamente se cerró sin posibilidad de ser abierta desde dentro. No había luz.

Luego escuchó la voz de un desconocido que la llamaba por otro nombre.

Una voz que la hizo correr aterrada por la casa sin encontrar cobijo, tratando de esconderse para que aquel al que la voz pertenecía no la encontrase. Sin embargo, entró en su mente
sugiriéndole hacer tentadoras cosas.

El astuto ser comenzó a formarse. Comenzó por unos terribles y endemoniados ojos rojos que mostraban una cruda y sangrante maldad.

Sergio recordó como su hermano le había contado todo eso, como le contó que Nerea había conseguido huir ero que desde entonces no había vuelto a ser la misma.

- Dicen que Nerea...- era como Sergio había comenzado su relato. Pero no es lo mismo contar una historia que vivirla, la diferencia es el miedo. Sergio lo sabía.

Entonces Sergio miró a la ventana. e quedó helado, en la habitación en que estaba solo, sin saber que estaba pasando. Cerró lo ojos y se pasó la mano por la cara. Le había parecido ver
al otro lado de la calle, en una de las ventanas aquellos ojos rojos.

A su mente llego la imagen de un hombre cuyos ojos como el hielo le habían hecho recordar todo. Eran los mismos ojos que había visto en aquella ventana. Los mismo ojos que persiguieron a Nerea.

Recordó como su hermano llamaba al grupo que forma junto a Berto y Nerea: Los Hijos del Viento. Y, a él que nunca había sido parte del grupo lo llamaba "Viajero". Tenía razón, Berto, Nerea y su hermano desaparecieron como hojas sueltas en el viento. Sí, eran los Hijos del Viento porque sus poemas eran como una brisa acudiendo a los corazones.

Fue entonces consciente de que el dueño de aquellos ojos rojos los había hecho desaparecer para todos. Al menos, eso le parecía a él.



Primer Capítulo de la novela " Lobo Blanco" de Miguel A. Mateos Carreira con la licencia siguiente, esta licencia es igual para los otros capítulos de la novela que aparecen en el blog: